Cuando el carnaval hacía repicar las campanas del desenfado en la atildada Mérida de fines del siglo XIX, los escritores y periodistas de palabra ágil y oportuna tomaron sus plumas para extraer de ellas versos festivos e incisivas notas que sus lectores celebraban con el mismo regocijo que enardecía los paseos citadinos; así afloraba el bullicio doméstico, entonado a los acordes de piezas distintivas del momento. Entonces un puñado de frases de buen gusto revoloteaba en las mesas de redacción, mientras los salones de las sociedades coreográficas daban aliento a la convivencia inyectando alegría en las tertulias al calor del ingenio que veía colmadas sus alforjas de sutilezas y observaciones agudas.
Algunos periódicos de antaño acogieron por igual el humor y las bellas letras, porque concibieron su labor como un recurso de entretenimiento y de divulgación del talento de los escritores vernáculos. El Fígaro, que inició sus ediciones semanales en 1898, dedicó su número 7, del 20 de febrero de ese año, al carnaval de Mérida. La selección de sus textos exhibe, además del estilo y el depurado humor de los colaboradores publicados, algunos ejemplos elocuentes de las costumbres de ese entonces, del mismo modo que las preocupaciones de un sector de la ciudadanía yucateca de fin de siglo.
Esta muestra editorial contiene las proclamas de los dignatarios de fantasía, con ocurrencias y bromas que sazonaron el bando de la sociedad coreográfica La Unión, resuelta a enderezar la abdicación simulada de Miguel Laviada como figura principal de las fiestas, y por ello designa a una Junta de Notables para sustituirlo:
“¿Porque renunció Laviada nos quedamos sin gobierno?
/–¡No, señor!…
/Que aquí la gente es honrada
/y cualquiera, suegro o yerno,
/puede ser gobernador.//¿Quién regirá los destinos
/de este país afortunado,
/tan guasón?
/–Unos hombres peregrinos,
/que su apego han demostrado
/ a la polka y al danzón”.
Y de inmediato enumera a los socios que pasan a formar parte de la nueva y efímera entidad, con énfasis en las cualidades que los hacen dignos de ella.
De manera complementaria, las muy respetables autoridades del carnaval de la Unión emiten un decreto que en uno de sus más destacados artículos establece:
“Queda prohibido
/a todos los yucatecos
/hablar de guerra de castas,
/o de rebaja de impuestos,
/que no vienen bien ahora
/que nos hallamos contentos”.
Este número del semanario destina una de sus secciones a describir los carros alegóricos de la sociedad La Unión, entre ellos el que representa a La República, con la Diosa Razón por delante, personificada por la gentil señorita Angelina Nodarse, “perla de antillana concha enamorada de la libertad”. Su agraciada presencia demuestra el lugar relevante que desde tiempos lejanos ocupan las beldades cubanas en las carnestolendas de esta tierra árida y calurosa; y en el caso reseñado, en el marco que consagra los más puros valores liberales.
El Fígaro incluyó también colaboraciones de escritores como Lorenzo López Evia (que firmaba con su seudónimo Cascabel), Javier Santa-María y Florencio Ávila y Castillo, quien años más tarde sería uno de los fundadores del Partido Socialista Obrero, y en 1920 habría de morir asesinado en circunstancias que nunca fueron debidamente aclaradas. Los dos primeros aluden a la figura femenina que oculta una parte de sus encantos tras una máscara, sólo que Lopez Evia lo hace en su característico tono festivo, dando a entender que quien velaba así sus tentadoras gracias resultó ser finalmente un varón; Por su parte, Santa-María sitúa en sus versos la imagen alegórica de la dicha recibiendo la admiración vehemente de un poeta, a quien le advierte por fin que nunca verá su rostro tras el antifaz.
El poema de Florencio Ávila expone, en cambio, la decepción de un amor devastado moralmente:
“Vibró el vals voluptuoso, los encajes,
/como nubes de viento arrebatadas,
/en el salón ondearon; las parejas
/en deleitoso vértigo pasaban…
/Entre ellas la miré; sobre los hombros
/de mi rival, su mano nacarada,
/aspirando su aliento y los latidos
/escuchando del pecho que me amaba.//No vi en sus ojos la mirada tierna
/del ángel puro a quien rindiera mi alma,
/sino la llama ardiente del deseo
/que su sangre y sus carnes abrasaba.//¿Qué fue de la virtud? ¿Qué fue del ángel
/que con su voz meliflua me arrullaba?
/¿Qué fue de la paloma? ¿Dentro del lodo
/no pasó sin manchar sus alas blancas?//Así siempre será!… Cuando furioso
/el viento, la azucena despedaza
/al esparcir sus pétalos en tierra,
/¡huye el perfume, de la flor del alma!”En el baile
Letras de carnaval: alegría, pasión, espíritu jovial y corazón dolido… Memoria que enseña y trazo que deleita…
Por José Juan Cervera
Ávila y Castillo, Florencio. “En el baile”, en: El Fígaro. Semanario Festivo. Mérida, año I, núm. 7, 20 de febrero de 1898, p. 6.
Cascabel [Lorenzo López Evia]. “Carnavalesca”, en: El Fígaro. Semanario Festivo. Mérida, año I, núm. 7, 20 de febrero de 1898, p. 7.
“Los carros alegóricos del Bando de la Unión”, en: El Fígaro. Semanario Festivo. Mérida, año I, núm. 7, 20 de febrero de 1898, pp. 5-6.
“Jaculatorias de carnaval”, en: El Fígaro. Semanario Festivo. Mérida, año I, núm. 7, 20 de febrero de 1898, p. 2.
Santamaría, Javier. “Campanillas”, en: El Fígaro. Semanario Festivo. Mérida, año I, núm. 7, 20 de febrero de 1898, p. 7. Letras de carnaval
